El Cielo y la Tierra - Juan Pérez Bocanegra.
Автор: Heriberto Raymundo Moreno Baeza
Загружено: 2012-05-09
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HANAQ PACHAQ KUSICUININ - El Cielo y la Tierra.
Fray Juan Pérez de Bocanegra fue, durante cuarenta años, examinador de quechua y aymará (lengua que nunca dejó de existir en la región del altiplano) en el Cuzco. Escribió un documento con fecha 1631, que se llamó "Ritual Formulario e Instrucción de Curacas" el cual contenía las reglas para administrar los Sacramentos. Se incluyó en éste, el "Hanacpachap Cucsucuinin"; una de las primeras piezas de música polifónica compuesta en el nuevo mundo. Ésta era cantada por los coros de cantores, cuando entraban a la iglesia. La edificación de la iglesia de Andahuaylillas y su decoración, responden a la necesidad de utilizar el arte como una forma de difundir la nueva fe. El arte se convirtió en un instrumento indispensable para explicar los dogmas de fe. Éstos se expresarían por sí mismos a través del arte; el cual superó muchas veces la barrera creada por las limitaciones en la comunicación oral. Así, en la segunda mitad del siglo XVIII se creoó la Escuela Cuzqueña de Pintura, que integró en su estilo, elementos de arte indígena y español; una simbiosis necesaria, un sincretismo cultural, que facilitaría la expresión de esos dos mundos que se juntaban. Se difundió la creación de pinturas murales en las iglesias como una forma de exteriorizar el culto y de apoyar la difusión del catecismo. Como la mayor parte de los templos españoles, la Iglesia de San Pedro Apóstol ha sido construida sobre un palacio Inca; como se desprende de los sólidos bloques de piedra caliza tallada, propio de la arquitectura religiosa quechua, sobre los que descansa su estructura. A primera vista, su arquitectura es muy simple. Es una iglesia de adobe con un sólo campanario. La puerta principal está coronada por un arco sobre el cual se observan algunas pinturas murales, y está flanqueada por dos columnas salientes. Sobre el dintel de la puerta, hay un balcón, desde donde se hacían parte de las predicas al pueblo, y que tiene en su pared posterior, aún más pinturas. A un costado de la iglesia, a la que se asciende por unas escalinatas de piedra, se encuentran tres cruces "sincréticas", que tienen la forma escalonada de las cruces indígenas o "chakanas" (que representaban los tres mundos indígenas y su unión con la divinidad suprema), y que en este caso, simbolizan a la Santísima Trinidad. Al sobrepasar el umbral de la iglesia, el visitante no puede nunca imaginarse la "explosion dorada" sobrecogedora con la que se encontrará. Con justicia se le ha llamado la "Capilla Sixtina de las Américas, pues su decoración profusa y la calidad de sus obras de arte, que abarcan todas sus paredes y techos, nos traen recuerdos de aquella grandiosa obra existente en Roma. De esta ultima dijo Juan Pablo II, después de los trabajos para su renovación: "Las verdades de nuestra fe nos hablan desde cada lugar. De ellas el genio humano ha sacado la inspiración; empeñándose en revestirlas de formas de una belleza inigualable". Y en el caso de la iglesia de Andahuaylillas, se puede decir lo mismo: Los frescos que allí se observan nos introducen al mundo del cristianismo. Desde que uno entra, se observa toda una "cátedra de religión". A espaldas de la puerta de entrada hay un mural del cielo y del infierno, que ha sido firmado en 1626, por el pintor cuzqueño Luís Riaño, discípulo del italiano Angelino Medoro y del español Bernardo Bitti (quien tanto influyó en la pintura contemplativa del Perú Colonial). Éste es muy interesante en su concepción, ya que representa el camino al cielo como un camino tortuoso y difícil de alcanzar, mientras que el que va al infierno está cubierto de flores y va transitado por señores elegantes. El "horror al vació" propio del estilo de las pinturas pre-hispánicas, como también de las de estilo Barroco del siglo XVII, ha influenciado en la decoración: no sobra ni un espacio entre ellas. El cielo raso esta pintado con adornos geométricos y de flores con adornos dorados. El altar, profusamente tallado y de estilo barroco, enchapado en pan de oro, tiene la imagen de la Virgen del Rosario en su parte superior, y el tabernáculo está cubierto con planchas de plata repujada. Tiene una espejería inferior que refleja la luz de las velas y la de la luz del sol que pasa a través de las verjas. Esto último está imbuido también de un carácter sincrético, ya que una de las formas en la que los indios se sentían en comunión con su divinidad era a través de los reflejos (El Koricancha, por ejemplo, tenia una placa de oro al medio, adonde se reflejaba la luz del sol): la unión disimulada con su divinidad, y la habilidad de los españoles para utilizar elementos de la cosmovisión andina para su tarea evangelizadora.
Interpreta: Hesperión XXI
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