40 HIENAS CONTRA 9 LEONES: El conflicto MÁS BRUTAL jamás registrado en ÁFRICA
Автор: Worldnário Español
Загружено: 2025-07-13
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Silenciá el ambiente a tu alrededor, subí el volumen de tus auriculares y preparate para sumergirte en una historia salvaje que va más allá de cualquier disputa animal que hayas escuchado.
En la región popularmente conocida como el Cuerno de África se alza un escenario hostil donde la lluvia rara vez se atreve a caer. Allí, en una zona semifértil al este de la capital etíope, Adís Abeba, el año 1999 se volvió sinónimo de polvo sofocante, sol abrasador y un enfrentamiento épico que, veintiséis años después, aún se relata con voces temblorosas por las familias de la tribu afar.
Este es Worldnário, y enseguida vas a revivir, minuto a minuto, la semana en que los reyes de la sabana chocaron contra un audaz clan de hienas. Dale like, suscribite y vamos al video.
Una planicie pedregosa a 1.900 metros de altitud, flanqueada por colinas volcánicas y arbustos de acacia casi sin hojas. En esa región de Etiopía, la precipitación anual media, que debería rondar los 60 centímetros, apenas alcanzó 11 centímetros en 1998; en 1999 cayó a alarmantes 6,7 centímetros.
Pozos se secaron, cisternas se convirtieron en barro duro y solo un arroyo, alimentado por manantiales subterráneos, siguió fluyendo. Fue alrededor de ese hilo de agua donde nuestras dos superpotencias animales colisionaron.
De un lado, la manada de leones llamada Bekele: nueve adultos, dos machos dominantes de cuatro años y medio, Bekele, el más robusto, y su hermano Amari; seis leonas cazadoras experimentadas: Liya, Salome, Gennet, Aisha, Malaika y Fana. Además, seis cachorros nacidos hacía siete meses.
Físicamente, los machos de los Bekele impresionaban: se calcula que pesaban entre 180 y 200 kilos, músculos esculpidos por el esfuerzo constante de patrullar veintitrés kilómetros cuadrados de territorio.
Del otro lado, el Clan Nafisa: cuarenta hienas manchadas lideradas por la matriarca Nafisa, veterana de ocho años con la mandíbula parcialmente torcida, resultado de un combate antiguo con una rival. Entre sus lugartenientes destacan Zuri y Halima, hembras de gran porte que coordinan hasta doce cazadoras cada una.
Lejos del folclore que las pinta como simples carroñeras, las hienas manchadas son cazadoras formidables y estrategas excepcionales. Su punto fuerte: organización y comunicación vocal. Sus carcajadas estridentes transmiten mensajes codificados sobre el tamaño del grupo rival o la presa, la distancia e incluso el estatus social, algo que la ciencia recién confirmó en los estudios de 2004 dirigidos por la etóloga Dra. Miriam Geda, pero que la tribu afar ya conocía tras siglos de observación.
En el verano seco de 1999, el termómetro marcaba 43 °C al mediodía cuando decenas de afar caminaban, en fila, hasta el Guddo para llenar odres de cuero. Cronometraban el horario en el pico de calor porque era cuando los animales estarían lejos, buscando sombras, sobre todo los depredadores… Ese día, sin embargo, algo rompió la rutina: figuras acechaban a los humanos. Eran las primeras exploradoras de Nafisa, olfateando agua y oportunidad. Las hienas parecían planear algo, estaban inquietas.
Los hombres de la tribu reforzaron la seguridad alrededor de su terreno y colocaron centinelas nocturnos; temían por su seguridad. Y los vigías empezaron a darse cuenta de una guerra silenciosa que iniciaban los mayores depredadores de esas tierras.
De noche, una brisa tibia traía olor a cebra en descomposición abatida esa misma madrugada por los leones, ya saciados. Para las hienas, olor a oportunidad. El clan avanzó: ahora compartían territorio con la monarquía felina.
Al amanecer de ese día, hienas y leones estaban demasiado cerca. La líder iba acompañada de doce guerreras fuertes, y el resto de la carroña era poca para alimentar a todo el clan. Avanzaron apuntando a los cachorros de los leones.
El primer enfrentamiento ocurrió cuando el sol estaba a punto de salir. Fue casi un ritual: las hienas formaron un semicírculo, ladridos cortos y acompasados, poniendo a prueba los nervios de los leones. Los machos Bekele dieron un paso al frente y enseguida estalló una pelea. Sin bajas, solo un ensayo de la guerra. Pero quedó claro: el conflicto estaba en el aire.
Las hienas retrocedieron; intentarían cazar en otro sitio.
Pasaron dos días más. El viento cambió, trayendo olor a tormenta; los dioses habían decidido bendecir la tierra con lluvia, ya era hora. Pero todavía no alcanzaba para llenar los ríos; el arroyo seguía siendo el único recurso de hidratación.
Poco después del anochecer, mientras Amari y Bekele guiaban a cuatro leonas hasta el arroyo para calmar la sed, Halima condujo a dieciocho hienas por la orilla opuesta. Las hienas eran audaces y no querían compartir terreno con leones. Se acercaron. Amari rugió, un eco que pareció rasgar la noche, y clavó las garras en una hiena que se acercó demasiado: fue la primera muerte. La sangre fresca manchó la arena. Las hienas se retiraron, pero la tensión ya era oficial.
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