Sobre el humo - Alejandro Carrique / Casa tomada - Julio Cortazar
Автор: joaquín Alvarez
Загружено: 2012-10-13
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(Verlo en 480p alta calidad, para más nitidez en los textos).
Dos hermosos cuentos:
"Casa tomada" de Julio Cortazar
"Sobre el humo" de Alejandro Carrique
.../Sobre el humo/...
Te montaste al humo de tu cigarrillo y fuiste a deambular por esa noche triste y silenciosa donde la soledad te acaparaba por completo y se creía dueña de tus raros movimientos.
Observabas detenidamente todo tipo de quietud mientras el sol, desde un horizonte desconocido, andaba con ganas de romperte los ojos.
Te sentaste en una plaza y ya la gente comenzaba a pasear a sus perros o a zambullirse sobre los diarios en busca de trabajo.
El olor de la panadería te excitaba, porque te recordaba a tu primera novia quien había sido la que más te había gustado, porque nunca la habías conocido de la ropa para adentro, aunque le habías acariciado el alma con algún que otro cepillito de palabras.
Estabas quieto en ese banco, observando cómo el viento desmantelaba maravillosamente las ramas de los árboles, haciéndoles volar sus hojas color óxido moribundo, cuando pasó aquella tan odiada profesora de la secundaria; pero al ver su vestimenta te diste cuenta de que ya estaba castigada de por vida y que, efectivamente, desvariaba.
Después pasó un amigo tuyo de hace mucho tiempo que te pidió fuego y no te reconoció, seguramente porque las drogas le habían robado la memoria manipulándole el carácter.
Más tarde llegó tu novia reprochándote que no habían dormido otra vez, y vos le dijiste que los poetas no duermen de noche, como los vampiros, pero chupándole la sangre a las musas más bellas que luego caen materializadas en tinta, en las hojas acolchadas que reciben al arte, sin ruidos de novias, ni argentinos oportunistas, ni contaminación chismosa, ni pensamientos vulgares. Porque la pasión se esculpe en el silencio y el ruido está hecho para entretener a los tontos.
El sol se puso más fuerte, tus ojos desaparecieron por completo, tu novia se fue enojada, la gente arrojaba desilusionada los diarios a la basura y los perros, que se dejaban pasear, no estaban muy convencidos de todo, no terminaban de comprender al género humano y al degenerado monstruo que los gobierna.
Después de un rato decidiste volver porque la contaminación ambiental era insoportable, entonces le pediste un cigarrillo a algún alguien y te montaste en el humo de regreso donde era obligatorio y necesario fumar.
Llegaste a tu casa y estaba envuelta en llamas, porque habías olvidado una estufa eléctrica prendida que, junto a la cortina del baño, había provocado el incendio.
El humo que producía el complot de llamas ardientes era inmenso, era tan pero tan inmenso, que lo aprovechaste para irte a escribir a Brasil y olvidarte de todo o de nada.
../ Casa tomada/..
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana;importancia...) CONTINUA
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