Antes de morir, Pedro Infante nombró a los 7 cantantes que más odiaba
Автор: Celebridades en Secreto
Загружено: 2025-10-21
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Antes de morir, Pedro Infante nombró a los 7 cantantes que más odiaba
Dicen que la gratitud es una de las pocas virtudes que el tiempo no debería borrar. En aquellos años, los ídolos no se hacían con publicidad, sino con alma. Pedro Infante lo entendió mejor que nadie. Lo vivió, lo calló, y lo llevó consigo hasta el final. Décadas después de su muerte en 1957, unas cintas inéditas rompieron el silencio: en ellas, el ícono más querido de México se sincera por primera vez. Confiesa los nombres de siete colegas que lo traicionaron, lo hirieron o simplemente le mostraron el lado más cruel de la fama. “No fue odio”, se le escucha decir con voz cansada, “fue decepción envuelta en aplausos”. Una frase que resume toda una vida de gloria y soledad. El hombre que parecía invencible también tuvo grietas. Bajo el sombrero del charro más amado se escondía un corazón herido por la envidia, los rumores y las traiciones. Uno lo llamó “la sombra barata de Jorge Negrete”. Otro fingió no verlo en una gala donde todos lo aplaudían. Con varios, el aire se volvía tan espeso que ni un mariachi podía cortarlo. Hoy, por primera vez, el mito se convierte en hombre. Y tú estás a punto de escuchar lo que Pedro nunca se atrevió a decir frente a las cámaras. ¿Listo para conocer los nombres? Comencemos. Jorge Negrete, el charro cantor. El hombre que representaba la elegancia, la disciplina y el poder. Si Pedro Infante era la voz del alma mexicana, Jorge era su estampa oficial: firme, impecable, altivo. Dos figuras destinadas a encontrarse… y a chocar. Lo suyo fue una rivalidad disfrazada de respeto. Se admiraban como artistas, pero se repelían como hombres. Lo que comenzó en 1943, cuando la radio los enfrentó sin proponérselo —Pedro con Nocturnal, Jorge con México lindo y querido— se convirtió en una competencia que marcaría toda una generación. Las comparaciones no tardaron en volverse crueles. Los periódicos los ponían frente a frente como si la música fuera un ring. ¿Quién merecía ser llamado el ídolo nacional? Cada nota era una provocación, cada aplauso, una herida. El punto de quiebre llegó en 1948, durante una gala en Bellas Artes. Pedro, humilde y admirador, se acercó para felicitar a Negrete. Pero Jorge apenas le ofreció una mano fría, sin mirarlo siquiera. “El cine mexicano necesita más disciplina y menos sonrisitas”, murmuró, lo bastante fuerte como para que todos escucharan. Infante calló. Pero desde entonces, esa frase se le quedó clavada como una espina. En 1952, coincidieron en un evento benéfico en Guadalajara. Los organizadores soñaban con verlos cantar juntos, pero Jorge fue tajante: “Yo no comparto escenario con imitadores.” Pedro fingió indiferencia, pero años más tarde confesaría que esas palabras le partieron algo por dentro. “Yo no quería ser él… solo quería cantar a mi manera.” Y sin embargo, cuando Negrete murió en 1953, Pedro fue uno de los primeros en llegar al velorio. Llevó flores blancas, se inclinó frente al féretro y, en voz baja, le cantó Amorcito corazón. Dicen que al salir del panteón murmuró: “Ahora sí, México tiene un solo charro.” No era soberbia. Era alivio y tristeza mezclados. Negrete encarnaba todo lo que Infante admiraba… y lo que juró nunca imitar. Por eso lo amó. Por eso lo odió. Y por eso, cuando ya no quedaban testigos ni aplausos, se atrevió a decirlo ante un magnetófono: “Nunca fuimos amigos. Fuimos dos sombras buscando la misma luz.” Pedro Vargas, el tenor de las Américas, fue otra historia. Su voz era celestial, pero su carácter de acero. Representaba la vieja escuela, la solemnidad del conservatorio frente a la espontaneidad del barrio.Cuando se cruzó por primera vez con Pedro Infante en 1944, en los pasillos de la XEW, el joven sinaloense de 27 años se quedó sin palabras.
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