Montaña palentina. Abadía de Lebanza
Автор: Montaña palentina
Загружено: 2026-01-18
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Abadía de Lebanza
Desde la cumbre de la peña Tremaya, durante muchos años, la Abadía de Lebanza fue para mí poco más que una presencia lejana, casi un susurro de piedra en el fondo del valle. La veía desde lo alto, pequeña y recogida entre praderas y montes, como si se escondiera a propósito. Sabía que estaba ahí, siempre ahí, pero pasaron muchos años antes de que mis pasos bajaran a su encuentro.
Recuerdo bien la primera vez que llegué hasta ella. No hubo prisa. Me acerqué despacio, con ese respeto que se tiene a los lugares que han esperado mucho tiempo. La abadía me recibió en silencio, con su aire románico sobrio, sin alardes, como quien no necesita demostrar nada porque lo ha visto todo. Desde entonces he vuelto muchas veces, y cada estación me la ha contado de una manera distinta.
En primavera, Lebanza se despierta. El verde lo invade todo y la abadía parece recién salida de la tierra, como si brotara entre flores y hierbas nuevas. El arroyo cercano murmura y uno siente que el tiempo se afloja, que no hay urgencia alguna.
En verano, la piedra se vuelve clara y cálida; el lugar invita a sentarse a la sombra, a escuchar el silencio y a dejar que el sol pase lento por encima de los muros.
En otoño, es cuando más me habla. Los colores del monte la envuelven de dorados y ocres, y la abadía adquiere un aire melancólico, profundo, como si recordara a quienes la levantaron.
Y en invierno, cuando el frío aprieta y a veces la nieve la cubre, Lebanza se vuelve aún más esencial: piedra, fe y resistencia frente al paso de los siglos.
Su historia es antigua y sencilla, como suelen ser las más verdaderas. La Abadía de Lebanza, dedicada a San Salvador, tiene su origen en la Alta Edad Media. Fue monasterio, lugar de recogimiento y de vida espiritual, y durante siglos marcó el pulso religioso de este rincón de la Montaña Palentina. El edificio que hoy vemos conserva su románico rural, austero y firme, levantado con la piedra del lugar, pensado más para durar que para impresionar. Aquí hubo monjes, oración, trabajo y silencio; aquí se sostuvo la fe de generaciones enteras.
Hoy ya no es monasterio, pero sigue siendo refugio. Cada vez que la visito siento que no he llegado tarde, que la espera mereció la pena. Desde la peña Tremaya la contemplé durante años como un punto lejano; ahora, cuando me acerco a sus muros, sé que forma parte de mi propio paisaje interior. Lebanza ya no es solo algo que se ve desde lo alto: es un lugar al que siempre se vuelve.
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